Ayahuasca: sendero de la planta sagrada

Quizá el hecho de arribar al pueblo de Pillcopata al anochecer tras un extenso recorrido en autobús – serpenteando entre andes y selva, tumbas y llovizna – y encontrarme frente a un nutrido grupo de personas danzando música árabe en una improvisada discoteca, debía haberme dado la pauta de la sorprendente vivencia que me esperaba por delante…

Encontramos un hostal para pasar la noche – una noche a sobresaltos salpicada por los frecuentes gritos de unos turistas alojados en el cuarto contiguo, y por el ritmo incesante de la música computarizada del medio oriente. Al día siguiente, mochila al hombro, tomamos el camino que nos llevaría a Wanamey Centro de Crecimiento del Ser.

La caminata nos tomó unos 30 minutos. Joel Jahuanchi insistía en marcar el paso. Yo, por mi parte, iba disfrutando el entorno: la selva, el sonido del río, las decenas de mariposas. Y es que, adentrarse a lo vegetal, a la biosfera peruana, genera, desde ya, un contexto terapéutico.

Al llegar a la entrada a Wanamey, nos encontramos con el “Abuelo” – un hombre cuyos rasgos parecen reflejar una vida llena de complejas experiencias y duros momentos. El Abuelo es el especialista en la preparación y aplicación de la Jayapa, también conocida como Datura, planta medicinal utilizada en esa región para realizar curaciones, muchas de ellas por medio de estados alterados de conciencia. Tras un breve intercambio de palabras, continuamos camino por un amplio sendero, en dirección a las cabañas donde pasaría el mayor tiempo de mi estadía.

Mi búsqueda de conocimiento personal, mi intento de encontrar un sentido espiritual, de querer descubrir a Dios, data de muchos años. Por lo menos desde mi adolescencia. He transitado algunas sendas de la filosofía, la religión, la psicología. Y las respuestas que he encontrado siempre me han dejado un sabor a poco. Siempre han sido incompletas. Como ser humano, esas interrogantes me llevan a continuar indagando para conocer mejor el por qué de las cosas. Como psicoterapeuta, el interés y la curiosidad acerca de métodos alternativos de tratamiento y curación forman parte de mi deseo perseverante de conocerme mejor para así poder  brindar una mejor orientación a quienes vienen a mí en busca de ayuda.

Hace algunos años tuve mi primer encuentro con la Mamita Ayahuasca, y pude atisbar posibilidades fascinantes con relación al papel que jugamos como individuos, y como inquilinos – residentes temporales de este planeta llamado Tierra – en lo que concierne al equilibrio ecológico del planeta. Desde entonces, he realizado varios viajes, y he conocido a distintos maestros con quienes he participado de las ceremonias de la planta sagrada. Cada experiencia es única y, al mismo tiempo, queda entrelazada con las subsiguientes.

Mi experiencia en Wanamey tuvo la característica de resaltar los aspectos del entorno terapéutico. Y me refiero precisamente a la selva, el río y, de manera muy particular, a la relación interpersonal con Joel Jahuanchi. A diferencia de pasadas vivencias, en las que el contenido o la intensidad de las visiones tomaron prioridad, o fueron el punto de mayor atención, este último ensayo de crecimiento se destacó por la relación terapéutica que establecimos con Joel.

Quizá por ser más joven que los otros versados ayahuasqueros que he conocido, quizá por sus estudios en antropología, quizá por su deseo mismo de no construir barreras, Joel Jahuanchi es una persona muy asequible. El juego de mantener el rol de “yo experto y tú aprendiz” tan común en el contexto de la exploración chamánica, y de mantener “secretos rituales” como medio de generar altas expectativas y disminuir el status del iniciado, no es una característica suya. Por el contrario, muestra una gran apertura y proyecta el mensaje de: “ambos estamos aprendiendo”. Ello, sin duda, contribuye a crear un contexto donde el crecimiento personal es incentivado desde una perspectiva más igualitaria. Donde la responsabilidad del cambio reside en uno mismo.

Este contexto me brindó la oportunidad de intercambiar ideas, opiniones, puntos de vista con él. Compartimos recuerdos simples de la niñez, hablamos de deportes e inclusive disfrutamos de una Inca Kola. Conseguimos, y me considero partícipe de este hecho, generar un entorno que facilitó la comunicación entre dos seres humanos, despojados de títulos universitarios, etiquetas, y formalismos académicos. Dos persona conversando en armonía. “Carl Rogers en su máxima expresión”, diría yo. Esta fue la mayor enseñanza que recibí de la Mamita Ayahuasca.

Hubieron varias tomas del brebaje visionario. Mas fue el compartir, el intercambiar pláticas francas, acompañado luego de mis caminatas en solitario por la ruidosa jungla nocherniega, lo que me hizo apreciar mi existencia, y el rol que juego y puedo llevar a cabo, en los designios del infinito.

No encontré a Dios, tal como lo deseaba. Sin embargo, ví y conocí algunas de sus manifestaciones en la persona de Joel Jahuanchi Marca, en la selva, en las aguas del río, y en las mariposas. Quizá estoy más cerca que antes. Quizá Dios no esté en todas las cosas sino más bien sea todas las cosas…

Luis Nardin, MA, MsD

Psicoterapeuta Santa Cruz – Bolivia [email protected]