El abuelo y las montañas

En medio de las montañas, después de una noche calmada bajo el brillo de la luna, entre la tristeza y la nostalgia por la partida del viejo, quien ahora emprende su camino de regreso  a casa, al lado de la majestuosidad del Creador.

El hijo, nieto, ya un hombre, recuerda los primeros pasos que dio con él. Volvió a ser un niño que creció entre montañas y ríos. El pueblo donde todo empezó era pequeño y se respiraba la fragancia de las ilusiones y los sueños, sueños tan reales como los relatos del mundo mágico del abuelo y tan majestuosos como las mismas montañas.

El viento sopla y trae hacia el hombre la remembranza de los años pasados. La sabiduría del abuelo invade todo su Ser. En ese instante siente el aliento del viejo que le dice: no llores, porque no he muerto, vivo en el aire que respiras, en el agua que tomas, en la sonrisa de tu bebé recién nacido… El hombre siente que las puertas del mundo majestuoso del abuelo se le abren. Recuerda que su visión y postura deben ser como la montaña, y en cuanto lo consigue, un picaflor lo lleva al corazón del bosque en donde está encendida la llama de la esencia del Universo. El abuelo lo observa desde la montaña más alta. El hombre mira hacia ella y ve que éste se convierte en tierra, en agua, en viento, en fuego. Al hombre le aflora desde lo más profundo de su ser un canto sagrado para el abuelo, quien regresa al infinito por la ruta del sol y acompañado por un águila, al lado del Padre Espíritu.

Joel Jahuanchi