Experiencia con la Planta Maestra Ayahuasca

La aurora repunta tras los cerros: ya no tarda en salir el Sol. “Parecen islas”, dice una niña que viaja a mi lado en el avión. Sus “islas” son los picos nevados de los Andes entre un mar de nubes. Veintiún mil pies de altura y volando de Lima al Cusco. Miro ahora las lagunas de agua helada en la puna: dan más frió que si se mira la nieve. Y parece que la nieve está al alcance de nuestra mano: blanquísima, bellísima. Y los cerros – con nieve – con bordes como de Gillette, como recién emergidos de la corteza terrestre. Por entre nubes cerradas bajamos al Cusco. Guiados por la técnica porque no hay pista que se pueda ver entre las nubes: como los murciélagos, confiados. Un grado centígrado en el Cuzco. Aparece Joel Jahuanchi Marca y tras los abrazos vamos pronto a tomar el ómnibus a Pillcopata. Para otro viaje, de 10 horas, entre cerros y precipicios. – Subir más, con pesar, hasta el nivel de la magia – Dispuesto a aprender más allá de la razón – – Despreocúpate. Ella te trae, ella te cuida… “Planta Maestra” la llaman en la Amazonia occidental. Por mis 50 años en este plano me he regalado el viaje que ahora realizo hacia  Wanamey Centro de Crecimiento Espiritual. Porque intuyo también que un maestro es necesario. Para limpiarme, renovarme y estar mejor dispuesto para lo que resta (que dice Joel, es algo así como la eternidad…). Ayahuasca: un medio nada más.

– “Lo que experimentas es una cosa, pero lo que sigue después de la ceremonia otra”, insiste él. Tras el viaje llegamos a Wanamey Centro de Crecimiento Espiritual, unas cabañas sobrias y elegantes, una mayor al medio; edificadas todas con productos del entorno y rodeadas por oropéndolas que vuelan. Esas aves, tan inteligentes, que aquí parecen gallinas en el aire. Todos los años vuelven a construir sus nidos colgantes de los mismos árboles. He leído de una hembra de 26 años que seguía haciendo nidos, retornando al mismo árbol… Beben néctar de flores de plátanos, de flores de balso, conversando constantemente entre ellas. Y por la mañana y al atardecer pasan volando parejas de guacamayas por encima del Wanamey. Muy cerca se escuchan también los hachazos: Wanamey es además un jardín botánico y una reserva, asediada como casi todas. En la segunda noche la sesión de ayahuasca. Primero la limpieza, luego los cuatro elementales – agua, aire, viento, fuego –, y de ahí subir a los otros planos, para pedir sabiduría y hacer el trabajo propio. Haciéndole caso al jugo de dos plantas de apariencia común y silvestre – la ayahuasca y la chacruna – en medio de la selva. Y para esto venir desde tan lejos. Hay que estar loco o bendecido. Límpiate, cúrate, perdónate primero a ti y luego a los demás. Este es un plano para aprender y luego se sigue. Y la muerte no es tal. Y no esperes que lo cósmico baje a ti, solo. ¿Los miedos? los miedos no valen la pena. ¿Dios? Yo no creo en él, yo lo siento: en este plátano que me como, en las piedras, en mi, en ti, en todo… El ultimo día, bañándonos en el río que corre junto al centro, vemos al fondo, muy lejos, las alturas de los Andes.

Detrás está el Cusco y hasta allá hay que ir esa noche en un largo trayecto en ómnibus. Y al día siguiente, temprano, nuevamente el viaje de Cusco a Lima. Y de ahí a un lugar lejano, donde no hay Ayahuasca. Pero ahora la llevo puesta; todo es igual pero en una forma diferente: más allá y más acá a la vez. Mi hermano Ologuagdi, indígena Kuna de Panamá, me regala al volver una oración de los Chiricahuas (“apaches”, que les dicen): “Por el sendero marcado por el polen, caminaré. Con saltamontes entre mis pies, caminaré. Con rocío sobre mis pies, caminaré. Con belleza, caminaré. En la vejez, vagando por un sendero de belleza, volviendo a vivir, caminaré. Todo ha sido hecho con belleza.”

Este viaje: ¿una locura o una bendición? Seguramente las dos.

Jorge Ventocilla – [email protected] – Panamá