Al encuentro con la planta maestra Ayahuasca

Ya en el aire, en el vuelo 1364 de Aerolíneas Argentinas, Buenos Aires – Lima – Cusco,  me preguntaba por qué diablos me hallaba viajando hasta un punto desconocido de la selva peruana… Un viaje de miles de kilómetros, de hecho,  en busca de algobajo los auspicios de la legendaria ayahuasca.

Un misterio: soy  licenciado en letras, escritor, empresario, tengo mujer y una hija de un año que me llena de felicidad.  No me debería faltar nada, y sin embargo… Por otra parte, a mis 37 años, recuerdo haber sido parte del grupo de Carlos Castaneda,  incursionado en mi mundo interior en el hiperespacio con plantas y químicos,  he viajado a la India en un retiro de 21 días con Ama y Bagabán, etcétera.  Como sea, ostentaba, antes del viaje a Perú, un prontuario de búsqueda y escalada, por así decirlo, cuanto menos, vistoso. Sin embargo, la planta maestra hacía años que me esperaba, o al menos así yo lo sentía, y no hablo de un delirio, sino de una sensación física, como tener hambre, y emocional, como sentir una pérdida.  Y ahora debo decir, ya de vuelta del viaje, que en Wanamey, Centro de Crecimiento del Ser me vi en la situación de tener que trabajar como un idiota (que era) conmigo mismo, lo que no fue nada fácil ni plácido.  Y aunque parezca paradójico, siento una enorme gratitud con al Grupo Wanamey y a Joel Ananeywa Jahuanchi. Antes  que nada, mi experiencia con la ayahuasca fue algo de lo más pedestre, a la vez que descomunal y mágica.  El chamán, -Joel Jahuanchi- exigente y justo, y, sobretodo, la madre ayahuasca, me guiaron con pie firme  hacia un lugar donde, primero,  yo soy un hombre, quien afronta las consecuencias de sus actos;  y segundo,  donde soy responsable de mi mismo y de algo más…;  y tercero y cuarto y quinto  no tiene caso que los traduzca en palabras  por tanto no significarían nada para quien las lea.  De otro modo, la función de la presente reseña es otra. Perú es un país maravilloso para aprender de lo que nos rodea por dentro y por fuera, de eso no tengo dudas;  es más: diré que más bien tengo certezas – la planta me dio un empujón y mandé mis dudas a freír churros, y ahí siguen: friendo churros, muy años luz de mi conciencia. En retrospectiva, rememoro los días del retiro con Wamaney  y me sorprendo de mi suerte  de haber sido curado de tal manera: la planta recorrió mi cuerpo por horas y horas en obra de sanación;  me guió con firmeza en fortalecer mis flaquezas y en lograr la calma de un manso lago y el equilibrio de un hombre completo.  Por momentos, los sonidos de la selva parecían estallar en mi cabeza, los miedos amenazaban con obligarme a salir corriendo de aquel lugar, y, no obstante los obstáculos y lo terrible y abrumador de los oscuros laberintos del sí mismo, la enseñanza llegó. Casi nada fue fácil para mí  durante esos cinco largos días.  Sólo al final, en el último día, la planta decidió que mi persona había cumplido con los mínimos requisitos para dejar Wanamey,  y reiniciar, ya de vuelta en mi hogar,  el desafío de todos los días. Y si el chamán Joel Jahuanchi me permite repetir unas pocas palabras suyas, entonces, las repito y entonces digo: Soy un obrero de la luz.  Después de todo, a pesar de ser empleador,  siempre sospeché que en el fondo era un proletario. Ja. Para concluir esta breve reseña, les diré a los estimados postulantes al encuentro con la planta maestra Ayahuasca en Wamaney, lo siguiente: Están ante un momento sagrado, único, donde no hay lugar para la distracción. No hay lugar para guajes pinchados…  En fin, sospecho que el suyo no será un viaje a las Galápagos,  sino un viaje de poder, donde el cimbronazo te llegará  hasta el mismo bonete. Ja. Alabado seas. Este enunciado expresa la esencia de mi experiencia, siendo un humilde viajero.

Sergio Povedano – Argentina – [email protected] – www.sergiopovedano.com