El dualismo griego, en su versión latina, fue el culpable. “El término SUPERSTITIO fue acuñado por ese pueblo de abogados, leguleyos y burócratas como el reverso en negro (condenado y rechazado) de la RELIGIÓN romana, única forma de religión que consideraban legítima. Frente a los exactos y puntillosos ceremoniales oficiales y familiares a través de los cuales se realizaba la “religió”, nombraban con el término “superstitio” las formas orientalizantes Y exóticas de religión que, sobre todo en el Bajo Imperio, fueron minando el carácter puramente convencional de la “religio” oficial, ofreciendo savia vital y sentido a la exigencia popular e de imperiosa salvación” (Trías:1997).
Las sociedades modernas, representadas por los estados nación, comprobaremos que no han cambiado de actitud. Conquista, colonia, república, han asumido el discurso occidental como único acceso la CIVILIZACIÓN. Por los mecanismos más sutiles y larvados tratan de integrar a todo lo que consideran BARBARIE, lo que está fuera, lo que aún apenas balbucea nuestro “logos”, lo que se considera como incipiente, salvaje o, incluso, pueril. Es lo que sobra, lo residual, la rémora, el impedimento a nuestro avance en la única escala posible de desarrollo, que hoy se expresa en términos de “calidad total”, “hacia la excelencia”, “tecnologías de punta”, y otros slogans vacíos. Según esta visión los países con mayor población indígena serían los que tienen las posibilidades más lejanas de acceder al club de la modernidad. Hagamos sino un recorrido por las últimas formas de reconocimiento por parte del Estado de los derechos indígenas, desde la Constitución hasta la Ley de Tierras, pasando por los frentes educativo, cultural, agrícola, tecnológico, el centralismo político del distrito único electoral, etc. y es porque la conciencia del Perú oficial vive de espaldas a estas realidades: los centros académicos se alimentan de lo nuevo de otros mundos imposibles, y se añade a ello el racismo latente y corrosivo de la sociedad, la desigualdad de oportunidades para las grandes mayorías. Nos daremos así cuenta de que las condiciones solamente han variado en las formas. El impulso integrador avanza ciego. ¿Quedará algo diferente que pueda sobrevivir?
Inútil fuera poner un velo sobre la Iglesia que entró en los territorios de Abya Yala con una voluntad conquistadora de las almas, bajo el principio evangelizador de la “tabula rasa”, pretendiendo imponer doctrinas ajenas a la cosmovisión de los pueblos encontrados, arrasando con toda huella del pasado memorial, con la sabiduría de sus amautas, con sus relaciones con los apus de las montañas y los ríos, con sus expresiones arquitectónicas y sus atavismos míticos. A partir del Concilio de Trento, se reconoció oficialmente que los pueblos originarios de islas y tierra firme habían sido oficialmente evangelizados y eran pleno iure ciudadanos vasallos del rey. Pero a fines del siglo XVI, al descubrirse que las poblaciones indígenas mantenían la fidelidad a sus cultos y mochaderos, se institucionalizó en el Perú una mini inquisición que llevaba el pintoresco y etnocida nombre de “extirpación de idolatrías”, que tenía la función de investigar, revelar y reprimir cualquier residuo de “superstición” que hubiera quedado adherida al alma de los nuevos cristianos. (P. ARRIAGA).
Siglos más tarde, entre 1899 y 1900, el Presidente Nicolás de Piérola y el Papa León XIII, nos muestran de nuevo el trasfondo y esencia de la misma concepción. En los decretos de creación de las tres Prelaturas de la Selva, supone el primero que los indios han de ser “recuperados para la civilización”, y, el segundo, que se hace necesario que salgan de su angustiosa condición de poseídos del demonio y se les integre al verdadero camino de la fe cristiana.
Ha sido en los últimos 30 años cuando un sector preponderante de la Iglesia, asociado al desarrollo de las ciencias y abierto al ecumenismo, ha ido descubriendo la dignidad de la persona humana en su universo cultural, el valor de lo religioso como espíritu y aliento de la identidad, y el respeto a los procesos de transfiguración étnica cuya responsabilidad recae directamente sobre los pueblos indígenas organizados.
P. Joaquín García, OSA – CETA-Iquitos.



